Entradas

Niágara Falls

Imagen
Encontré un espacio bastante cómodo entre unos árboles donde apenas llegaba la luz. Sentí entre mis dedos el césped, frío como la noche. A pesar de ser poco más de las once, las multitudes habían desaparecido y en su lugar quedaba la música de la corriente y sus toneladas que caían a sesenta metros de altura; era un espectáculo fascinante, interminable. Podría presenciarlo toda la vida. Cerré los ojos. Me dije que, si no dormía en aquel momento, que hacía buen clima y que ninguna persona estaba ahí para molestar, no lo haría después. No lo logré inmediatamente; mi instinto no me dejaba dormir, ¡estaba en la calle, por el amor de Dios! Traté de ocupar mi mente, seguramente así lo conseguiría.  Recordé al joven que conocí unas horas antes, ¿me había dicho su nombre? Ni idea. Me dijo que vivía cerca de lugar, pero que casi nunca venía; eso me sorprendió muchísimo, ¡tantas personas que viajaban larguísimas distancias sólo para llegar aquí! «después de venir varias veces, ya ...

Cáncer —o divagaciones de un viejo terminal—

Imagen
Sonaban las campanas previas a los servicios de misa hasta las afueras del pueblo, para que nadie pudiera pasar por alto los servicios religiosos. «Señor, ¿de dónde nos visitan?», pregunta un humilde anciano acalorado, quien se tapa del sol con su sombrero de paja, a orillas de Yahualica, pueblo donde crecí. «Venimos a pasear a los nietos, para que sientan el calor de la provincia y conozcan sus raíces». Han pasado tres meses y desde entonces me abrumo con los recuerdos de la infancia más que en cualquier otra época de mi vida. Los más simples, las situaciones más insulsas: el día que cumplí quince años nadie lo recordó, ni mi madre tan trabajadora y dedicada tuvo el tiempo de pensar en el santo de su quinto hijo. Pasada una semana me llovió la carilla de todos mis hermanos, quienes recordaron apenas el martes siguiente mi aparente transición de niño a hombre. Ante sus rostros sorprendidos no hice más que soltarme en lágrimas. Dediqué mucho tiempo a la agricultura rudimenta...

El caballo de Dimitri Artemiev

Imagen
En el pueblo de Volgogrado, el campesinado vivía para dos cosas: la familia y el trabajo. Los hombres en aquel entonces se encargaban de todo oficio que el comercio pudiese brindar gracias al puerto fluvial, tan importante en esa región del Imperio. Por otro lado, las mujeres cuidaban a los pequeños con ímpetu. Todos cumplían con su deber. Cada mañana, las comadronas visitaban el mercado local en busca de novedades provenientes de Moscú; Cherkizovsky y recientemente otras pequeñas redes de comercio llegaban Volgogrado. A pesar de ello nada parecía haber traído tiempos mejores. Tanya Ivanova, como todos los días, aparecía para cumplir su más importante tarea. —¿Escucharon a la señora Markov? Asegura que la familia de Irina Fyodorova está en problemas, el señor Fyodorov y los otros trabajadores se rehúsan a continuar con el trabajo. Ya no tienen más que borsch para comer. —Y ni lo digas, escuché que en Kirova la situación es igual— respondió Alisa Antonova, esposa de un...

Experimento #1

Imagen
Abro los ojos y recobro los sentidos. Me doy cuenta de que mis manos tocan algo suave y pegajoso, mis oídos escuchan los latidos de mi corazón y mis ojos observan una habitación sucia, desolada y vacía. Estoy en una esquina, envuelto entre sábanas con una sustancia caliente entre las manos, no le doy importancia. Veo una puerta, al parecer está cerrada. Sin más cuidado me pongo de pie y pierdo el equilibrio por unos segundos, me doy cuenta de que no tengo zapatos ni pantalones. Eso no es importante. Camino a la puerta y la abro con mucha lentitud, ¿por qué mi cuerpo responde de tal manera? Me siento confundido, angustiado e incluso un poco incómodo, no recuerdo haber dejado la habitación donde dormía, ni mi casa. Pensándolo bien, no puedo pensar con claridad algún aspecto en especial, no tengo más que bocetos de dónde vivo, de con quién vivo, qué hago y de quién soy. Entre más vueltas le doy al asunto, más absurdo me parece. Una luz cegadora me bloquea por unos segundos, espero un...

Una mañana en la playa

Imagen
Carlos tuvo una infancia irrelevante. Creció y terminó su educación esencial pero nunca tuvo la oportunidad de estudiar en la universidad ni tampoco se interesó mucho al respecto. Por cuestiones de necesidad económica para tener una vida más o menos decente, desde los veinte años, fue taxista; nunca se dedicó a nada más. Si no esperaba nada más del mundo, ¿por qué habría de salir de su rutina y su comodidad? Sin embargo, en búsqueda de un cambio en sus relaciones interpersonales, intentó tener romances, pero jamás pudo establecer nada serio con nadie, nunca funcionó. Prefería el amargo sabor de la cruda soledad, antes de estar con alguien que no le ofreciese verdadera compañía. A sus cincuenta años ya había tenido un infarto, sus problemas de asma habían regresado después de casi veinte años de no haber mostrado ni una aparición, tenía dolores en la espalda y comenzaba a tener artritis en las manos. A pesar de ser tan joven, no había resistido tanto como otros hombres a esa edad. ...

La fábrica de monedas

Imagen
                                                  Era 1938 y yo tenía 8 años cuando vivía con mi padre en un pequeño pueblo de un país que hoy no existe más. A pesar de estar en tiempos difíciles, todas las mañanas íbamos a la fábrica de monedas del condado, que quedaba cerca de nuestra casa. Observábamos todo el proceso de fabricación y después conservábamos las monedas defectuosas, era un pasatiempo exclusivamente nuestro. Recuerdo a la perfección cada etapa. El primer paso era la fundición del metal a temperaturas horrorosas para crear las láminas de plata con el grosor correcto, seguido de la perforación de la lámina con una prensa, es decir, una máquina enorme que con una fuerza inmensa cortaba la tira de metal para sacar el cospel; un círculo perfecto. Aquellas que no quedaban como circunferencias exactas, volvían a fundir...