Sobre la pérdida de la fe en la hipermodernidad: una interpretación de 'Deseo, Carne y Voluntad' (2025) por Candelabro

A mi parecer, es común que Chile le regale gran música al mundo, pero la nueva escena indie de rock chileno de los últimos diez años está alcanzando nuevos estándares de gloria en el panorama latinoamericano que bien nos hacía falta acá. Sobre el grupo Candelabro (2021—), no hablamos de una excepción, ya que rápidamente se han vuelto imperdibles, si es que quieres conocer un poco de este rubro del rock latino. Aunque este álbum fue lanzado el 3 de octubre de 2025 (top regalo de cumpleaños), me he tomado todos estos meses para profundizar mi interpretación del contenido lírico de sus catorce canciones.

Es interesante que algunas personas afirmen que este disco es 'rock cristiano', pues al llegar a tal conclusión se vuelve aparente que no escuchamos el mismo proyecto. Si bien el tema principal gira alrededor de la fe, se aborda a partir de la frustración de la hipermodernidad en la que la creencia ciega ya no es suficiente: ¿qué le espera al ser humano, necesitado de consuelo, cuando su único alivio histórico encontrado en la religión pierde significado? Este álbum muestra una trayectoria paulatina desde la creencia ciega en el dogmatismo hacia una epifanía que sobrepasa lo ficticio, lo sobrenatural, para abrirse paso hacia un verdadero entendimiento de lo que es real: se gira la mirada desde la oscuridad de la cueva hacia el universo infinito. 

    A partir de la intro "Las copas", se presenta un apaciguamiento temporal que impone una calma aparente, que a mi parecer simula una sensación de espera, reafirmada con el verso "y jura volver, hasta la muerte de su muerte": quietud a partir de una promesa, la cual es perturbada por "el cielo de los cambios". Y es una melancolía introducida por el saxofón la que da paso a la segunda canción, "Domingo de ramos", cuya violencia se yuxtapone con la inmovilidad apasible del juramento antes hecho. El grito justo y necesario con el que se exclama la acción "desalambrar" produce un ruego por la libertad que no se tiene. Con el verso "es necesario repartir este dolor", el yo poético busca salirse de su entorno individual para integrarse en una comunidad que comparta el mismo desasosiego (rasgo que brilla por su ausencia en la hipermodernidad narcisista). El título mismo de la canción nos ubica en las costumbres socioculturales de Semana Santa, de forma incluso carnavalesca: "con el cielo en las costillas" se vuelve una imploración del sujeto moderno por reincorporarse a los espacios comunitarios tradicionales de los que se autoexilió. El cielo de los cambios mencionado en la pieza anterior ahora cambia de color. 

    Ahora bien, la canción "Prisión de carne" desde el título evoca los límites profanos a los que está sujeto el ser humano debido a su naturaleza material. Lo sagrado es inalcanzable. Y con esa idea en mente, el verso "en defensa de este cuerpo" con el que abre el contenido lírico muestra resguardo de lo corpóreo como un instinto superfluo, artificial; y "detesto ver de lejos / al igual que estar acá" amarra esa noción con la de las limitaciones de la misma cárcel en cuestión, las cuales provocan una sensación de insatisfacción, en comparación con la idea presentada en los versos "por encima de quien soy / trepa encima de mi cuerpo / estás siempre alrededor": el humano mortal aprisionado por su mortalidad y en la ingenua ilusión de buscar trascender el plano material, contempla su incapacidad de hacerlo en contraste con Dios, quien por su omnipresencia sobrepasa cualquier plano espaciotemporal. No obstante, el yo lírico puede intentarlo: el instrumental de la segunda parte de la canción trasciende lo verbal; el lenguaje es mortal, la música es celestial. Se trata de una ilusión de la más grande tragedia: el intento de un mortal por exceder sus límites de lo real.

     En "Tumba", los versos "hasta llegar a / la tumba de tus ojos y poder / ver que no estoy ahí", con una evocación casi solipsista, aluden a un conjunto de secretos ajenos al yo lírico que se encierran en una cárcel inalcanzable. Una tumba contiene la muerte, que permanece en la mente sólo como una idea, pues una vez sellada la fosa se pierde el acceso a lo que yace en su interior. De cierta forma, los secretos ocultos referidos hablan más de la necesidad propia del sujeto por conocer lo que está fuera de su alcance: una muerte en vida, la pérdida de la fuerza por vivir. El querer encontrar significado en lo negado, en lo subrepticio, nos lleva a la conclusión de que el yo de un ser desconsolado ya es una tumba por sí misma.

    "Haz de mí" toma una dirección ligeramente diferente. Por un lado, se tiene la promesa de "construir, edificar, crear y sostener", pero se ve impedida por los rasgos mortales del yo: "y en mi cabeza no paran de sonar / son años de deseo, carne y voluntad". A través de un ruego ("haz de mí una casa donde vivir, donde morir"), la voz lírica busca una estructura a la cual aferrarse. El ser humano es débil, mortal, insignificante: la edificación paulatina es el camino. Por ende, se representa una lucha fundamental del ser: la constante tentación del estímulo inmediato contra la construcción estable y constante de una estructura. This is the craving of a solid structure to build from. 

La siguiente canción ("Ángel") toma la oración católica al ángel de la guarda para resignificar su contenido lírico a partir de una exclamación desconsolada— un llanto desesperanzado del ser humano por encontrar consuelo: "no me desampares ni de noche ni de día", cántico que se amarga conforme avanza la canción. Una plegaria serena se torna gris, se vuelve súplica desesperanzada: "no me desampares, por favor" como un grito que alcanza el cielo mismo. Un quejido descendente que en las notas más altas pide misericordia que nunca llegará. 

    "Liebre" presenta un tema similar, en el que un yo lírico íntimo y personal comienza su monólogo después de escuchar "el ritmo de mi corazón se apaga" y conforme la música se extingue, se vuelve a edificar desde el abatimiento: "el peso de estar vivo no se mide". Considero que esta canción representa un punto de inflexión en la perspectiva que hasta ahora se ha presentado en el álbum: desde un punto de partida de búsqueda incesante por una razón, por algo trascendente que otorgue significado, la voz poética se gira hacia la posibillidad del cambio, por medio de una pregunta: ¿y por qué no?, ¿por qué no levantar un huerto entre estos escombros? Y la potencia del diálogo inunda las posibilidades: un idioma de las luces, de las plantas, de los bichos, de los días, de la risa y de la arcada. La insignificancia del mortal ante la sublimidad de la vida se vuelve difusa porque la uniformidad de la existencia lo envuelve todo, incluida la muerte, parte esencial de esa totalidad. El yo lírico se lamenta como un humano perdido, atrapado en un cuerpo envoltorio y una máscara corroída de la que no se siente parte. Los versos finales ("y cuando muera, / si es que algo llegase a quedar de mí, / entiérrenme con mis peluches") resaltan una última idea: el cuerpo es perecedero, pero lo único trascendente que podemos formar a partir de él son los recuerdos. 

    "Pecado" es una canción interesante porque ya presenta una clase de nihilismo no antes visto. Se trata de un comentario sobre la banalización de lo divino. Versos como "hace tanto tiempo que perdí la voz", "Dios está perdido en una calle de Estación Central", "el primero que lo encuentre es el último en pecar", se envuelven en problemas de la sociedad hipermoderna: lo antes inquebrantable se vuelve líquido, efímero, moldeable; las cosas se construyen por sus atributos y no por sí mismas. Una sociedad corrupta y banal que exige una nueva divinidad que se ajuste a las necesidades del hombre contemporáneo ("así que danos algo"): "Dios no elige a su pueblo / el pueblo elige a su dios". El descenso al nihilismo absoluto presenta con ironía la necesidad crónica por un sentido trascendente, pues "ellos tragan las hostias como muertos de hambre". También se aborda el posicionamiento de la autoconsciencia, el narcisismo de la época presente lo inunda todo: "tú eres el dios que se te ocurre ser". Sobre una base inestable y efímera, el significado "se derrumba y se construye otra vez". 

    "Tierra maldita" toca el tema del espacio, de un lugar donde está lo que no se quiere ver: "y yo me niego a creer / que esta tierra está maldita". Con una paulatina esperanza se canta una última plegaria "una palabra tuya bastará para sanar", que alude al gran problema del silencio de Dios. El entorno es dinámico y se transforma por sí mismo, por lo que en la segunda parte de la canción el silencio provoca furia contra la hipocresía "oh, señor, cuántos muertos vas a cargar en tu nombre". Si se supone que esta tierra no está maldita, ¿por qué hay tanta maldad?, y si Dios realmente existe, ¿por qué permite todo esto?; el darse cuenta de la contradicción es cargado con negación hasta el final "y yo me niego a creerlo".     

    Por otro lado, "Deseo, carne y voluntad", la canción homónima del disco, presenta una transición hacia la duda: "¿Qué haces esperando? / Me preguntas si hay un lugar, / yo no sé si será de verdad". Sin una respuesta, ¿qué le queda al ser humano?, sólo esperar: ("es cuestión de aguantar").

    "Fracaso" abre la puerta a la esperanza de una tormenta ya terminada. Primero, la redención es del mortal, no de la divinidad. Con la voz del poeta Armando Uribe, quien abre con los primeros versos: "Veo que el mundo se da vueltas / más que el globo terráqueo. / La humanidad se va vuelta en la cama, / se cae de la cama", se presenta el problema fundamental: el hombre mismo con sus pasiones, necesidades, incertidumbres, miedos y ansiedades. Un susurro precede el caos: "entre todo este fracaso / habrá que levantarse a construir, / habrá que levantarse a trabajar / por algo mejor". El limbo que divide la canción en dos partes se convierte en edificación: temblores sísmicos que colapsan en el llanto del saxofón y así el mantra se consolida: "habrá que levantarse a construir". El hombre desconsolado se da cuenta de una cosa: la fe ciega ya no es suficiente, sino que el trabajo y la constancia son los que construyen la realidad. Sin embargo, el hombre frágil no puede escapar de su necesidad primitiva de aferrarse a un significado que le sobrepase: "dame algo en qué creer / no lo soltaré". Se sabe que el objeto de la creencia no es real, pero eso por sí mismo no puede reemplazar el imperativo de un consuelo. Ese es el pacto firmado por la debilidad mortal. 

    La canción "3 flores blancas" (sí, 3 escrito en cifra, no es casualidad tampoco que se aborde el número más importante de todos) presenta una petición por una oportunidad de construcción de un locus amoenus "dame tres flores blancas y un jardín, / haré de este lugar un lugar donde vivir", por medio del sacrificio propio "cuelgo alma y cuerpo / pies y manos / desde el monte / puedo ver sacrificio / de mi carne, alma y cuerpo". Es la imagen de un cuerpo mortal que se edifica sobre sí mismo.

    "Cáliz" es el clímax del álbum. No sólo regresa a los temas de la espera, la pérdida de la fe y la construcción constante, sino que además impone una transformación del sujeto. Ya no somos los mismos que éramos cuando empezó a sonar "Las copas". Primero, la canción inicia con voces polifónicas ajenas al yo lírico: con una función que asimila las voces de un esquizofrénico, éstas imponen una visión de Dios desde la ortodoxia, el credo se impone en oraciones como "uno cree cuando no sabe, / yo no creo en Dios, / sé de Dios", (como nota personal, cada vez que escucho ese verso siento el PTSD de mi indoctrinación mormona durante la infancia). Cuando la voz poética interviene a las voces de fondo con sus primeros versos "sentir, ganar, perder, / torpe rencor, última inocencia", se transmite el peso de su propio cansancio. Esta primera parte de la canción se construye hasta volverse un circo abrumador, y le da vueltas a la idea de dependencia del dogma, a partir de la cual se cimenta el deseo de que las cosas fueran diferentes: "si mi cuerpo se pudiera sostener", ¿qué haría?; desde la impotencia ante el cambio, se vira hacia los escombros ya antes mencionados en "Liebre", desde ahí se da lugar a la deconstrucción de la indoctrinación. El silencio entre las dos partes de la canción representa tales ruinas y ahora, con acordes increíblemente dolorosos se edifican otra vez, para dejar que la segunda parte de la canción introduzca una idea nueva: dejar atrás la duda de lo que podría ser para, de hecho, construirlo de verdad, desde el interior.

Este cuerpo es el cáliz de lo que soy

El cuerpo mortal se redime. La materialidad es el lugar desde donde se debe partir. Y la voz lírica lo enuncia: la sangre es la ofrenda, el cuerpo soporta la espera (de nuevo, el tema de la espera). La mortalidad frágil contiene "cada herida, cada fracaso, cada error" y se acepta con humildad el pasado. La agentividad es descubierta, y el ser humano enmancipado de la fe exhala su punto máximo de inflexión: Sin un templo / alzo mis brazos hacia el sol. / Sin un templo, / sin reparo / le diré a Dios: 'soy yo quien pregunta / soy yo quien responde esta vez'. Desde los escombros del templo destruido se contempla el universo por primera vez: el sol, nuestra estrella tan real como la vida en este planeta a la que dio paso es el verdadero objeto de alabanza, porque al menos es real. Se queda en el corazón la idea de que cuando la fe no es suficiente, queda el cuerpo, que es la única certeza del existir: el cuerpo espera, soporta, se equivoca, fracasa, existe. Qué canción tan increíble.

    El outro "José (créditos)" es precisamente eso: los créditos de la obra. Se siente como un abrazo de humano a humano: "déjame sanar esas heridas" y "lo que la sangre separa, la vida lo puede juntar". El ciclo interminable es la vida misma. El ser humano es vulnerable y busca consuelo, algo, lo que sea de donde sostenerse: a final de cuentas es el cuerpo de donde la verdadera edificación se construye. El cuerpo es lo real. Lo simbólico permanece en el plano de lo simbólico. 

PD: Tal vez de forma irónica interpreto que el título de la canción se refiere a José, el 'padre adoptivo' de Jesucristo: imagínate que llega tu ruca y te dice "jaja sé que nunca hemos tenido sexo, pero estoy embarazada" y el José así de "ah okay haha te creo :')". Te entiendo, José, te hicieron menso, pero eso ya no funcionaría ahora. Ejemplo claro de que la evidencia se vuelve un requisito indispensable en la sociedad hipermoderna que se cae a pedazos bajo su propia constitución vacía. 

En fin, viva Chile

Lectura recomendada: Lipovetsky: Del vacío a la hipermodernidad

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